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Discriminación de la mujer en las Instituciones Científicas.

08/2018

La entrada de las mujeres en la enseñanza universitaria comenzó en Europa occidental a partir de 1860 en Gran Bretaña, y una década más tarde en Francia y Alemania. Por estos lares aparecen las primeras mujeres en carreras de medicina en la Universidad de Barcelona en 1872, aunque sin derecho a ejercer la profesión médica. No fue hasta 1910 cuando se resolvió este agravio comparativo a todas luces injusto.

 

De igual modo que los estudios de ciencias han sido acaparados exclusivamente por los hombres hasta rebasada la segunda mitad del siglo XIX, la incorporación de la mujer a las instituciones científicas no llegó hasta mediados del siglo XX. Hagamos ahora un breve recorrido por la historia de la discriminación de la mujer en la ciencia y sus instituciones.

 

Durante la Edad Media, la mujer fue considerada por eruditos, filósofos y teólogos como un ser inferior biológica e intelectualmente al hombre. Se la presumía con capacidades racionales mermadas por su biología específica, probablemente, debido a la tradición filosófica y teológica precedente. Para más inri, la corriente de pensamiento de la Escolástica que subordina mayormente la ciencia a los dogmas religiosos, la menospreció con el calificativo de “pecadora”, ya que según su exégesis de la Biblia la mujer empujó al hombre al pecado. Y así, la mujer rebajaba todavía un poco más, si cabe, su posición en los ámbitos de filosofía natural o saber científico1.

 

Durante la “Revolución Científica”, la cuestión no mejoró, pues la ausencia femenina en las instituciones de la ciencia fue la resultante de una política llevada a cabo deliberadamente que se expresaba de forma explícita en los estatutos de las primeras Academias Científicas fundadas en el siglo XVII, como la «Royal Society» londinense y la «Académie des Sciences» francesa.

 

En el siglo XVIII mejoró un poco la percepción social de la mujer, ya que se la llegó a catalogar como un ser “complementario” al hombre; pero eso sí, perduró la idea de su debilidad biológica e intelectual que la incapacitaba para ocupar responsabilidades en la cosa pública, y, por supuesto, para ser merecedora de cargos en las instituciones científicas.

 

Durante el siglo XIX los obstáculos estaban relacionados con problemas de posibles competencias profesionales y con el temor a que esta situación actuara como revulsivo del papel de la mujer en la sociedad occidental. Del mismo modo, se temía a la mujer formada intelectualmente, ya que pudiera convertirse en un estímulo para cambiar su papel sumiso y dócil establecido para ella en la sociedad, y, por consiguiente, en una amenaza para las tradiciones, el orden social y la moral religiosa imperante. No fue hasta muy entrado el siglo XX cuando se produjo el abandono progresivo del modelo clásico de la mujer como ser inferior subordinada al género masculino, y por primera vez en la historia una mujer ocupó un cargo institucional científico.

 

En 1945, por fin dos mujeres, Marjory Stephenson y Kathleen Londsdale, fueron aceptadas en una de las más antiguas instituciones científicas: la «Royal Society» londinense. Sin embargo, en España, todavía habría que esperar hasta la democracia en 1987, a que María Cascales Angosto entrara como académica de número en la Real Academia Nacional de Farmacia. Al margen del ámbito europeo, merece la pena resaltar lo que ocurrió en la segunda mitad del siglo XX en EEUU, pues, los propios científicos tanto hombres como mujeres, y las presiones, manifestaciones y protestas de las féminas, contribuyeron de manera decisiva a que cambiara la situación de las científicas en ese país, y por extensión en la Europa occidental.

 

Ya en el siglo XXI, se han ofrecido argumentos en pro de la incorporación e igualdad de la mujer, una vez prácticamente salvados los atávicos prejuicios y monomanías sexistas y raciales en la ciencia y la tecnología. Por ejemplo, el razonamiento que afirma que, una mayor presencia de mujeres en la actividad tecnocientífica mejorará sin duda la utilización de los recursos humanos y, al mismo tiempo, impulsará la fuerza creativa y enriquecerá esa actividad al aportar nuevos temas y perspectivas.

 

Veamos un caso reciente de discriminación de género en la ciencia: Isabel Morgan (1911-1996), norteamericana doctorada en bacteriología, que sufrió los problemas de discriminación típicos de mediados del siglo XX simplemente por ser mujer. Su salario en el Rockefeller Institute era más bajo que el de sus colegas masculinos, y las becas y premios iban invariablemente para ellos. A los 36 años, Isabel, tropieza con un dilema: continuar su trabajo en el equipo mejor posicionado para poder desarrollar una vacuna efectiva contra la poliomielitis en la Johns Hopkins University, o, comenzar una vida familiar en exclusiva. El problema lo resolvió apostando, o resignándose, por lo segundo. A ciencia cierta no sabemos cuál fue la forma de plantearse y afrontar el problema para tomar su decisión de abandonar el trabajo científico. Pudieran ser presiones sociales, la propia educación recibida, o la ausencia de sistemas de conciliación familiar.

 

Habrá que seguir faenando hasta lograr que en todo el planeta lo narrado sean cosas del pasado. Fue en Alejandría hace unos 1600 años, donde Hypatia puso la primera piedra para mostrar que las mujeres tienen los mismos derechos y capacidades que los hombres. Quizás, ésta filósofa de la naturaleza1 represente a todas esas mujeres que lucharon activamente a lo largo de la historia para que hoy día se reconozcan las injusticias cometidas contra ellas, esto es, contra la dignidad de la mitad de la especie humana.

 

(1) El término «científico» fue usado por primera vez para referirse al ámbito de la ciencia en 1833 cuando la British Association for the Advancement of Science (BAAS) estaba celebrando su tercera reunión anual en Cambridge. Fue entonces, cuando William Whewell (1794-1866), teólogo y filósofo de la naturaleza británico reconocido por sus investigaciones en los campos de la historia y la filosofía de la ciencia, propuso el término «científico», que luego en 1834 lo utilizó por primera vez en una reseña del libro de Mary Somerville «The connexion of the Physical Sciences». Hasta entonces, el término «filósofo de la naturaleza» era el utilizado más comúnmente para referirse a las personas que desarrollaban «Filosofía Natural», rama del saber que hoy día denominamos ciencia.

 

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@ArturoGradolí  Informàtic, Filòsof i Màster en Història de la Ciència i en Comunicació Científica (UPV-UV). Doctorand.

8-08-2018

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