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Neuromentira en la política: «neuropseudos»

01/2013

la-mentira

El éxito puede llegar a justificar los fines y los medios empleados.

Una mentira repetida suficientes veces se convierte en realidad para el imaginario subconsciente.

 

1.    Introducción

2.    Brevísima historia de la mentira

3.    Concepto de neuromentira

  

 1.   Introducción

Este estudio tiene como objeto la presentación de un nuevo concepto de mentira, al que denomino neuromentira: autoengaño inconsciente determinado por las sugestiones profundas sobrevenidas.

    

La neuromentira no tiene ningún tipo de componente moral, divino, agustiniano, normativo, de responsabilidad, del deber, de la voluntad general, ni tampoco con lo cierto e incierto; solamente en el aspecto de exterioridad respecto del sujeto, tiene el componente de la utilización interesada para unas élites oligárquicas, amparándose en la falsación sistemática y planificada de la narración, y en los avanzados medios actuales de comunicación de masas.

    

Quizás también podría llegar a intuirse la neuromentira por una cercana analogía al concepto griego de pseudos, con el término neuropseudos, en tanto que nos situemos mentalmente en un paradigma emocéntrico.

 

2.   Brevísima historia de la mentira

Este capítulo contiene una breve descripción de los más influyentes sentidos de mentira, intención, y verdad, que se han construido a través de la historia, desde el clásico pseudos, pasando por el sentido bíblico, agustiniano, kantiano y roussoniano, hasta los modernos de Koyré y Arendt.

    

a)    Sentido clásico

    

La filosofía es un invento griego, y para entender nuestro mundo actual es imposible obviar el universo mental clásico, y con ello el término que los griegos utilizaban para el concepto de mentira: pseudos.

    

Pseudos es mucho más extenso y complejo que el sentido de mentira actual. Su sentido era el de mentira, falsedad, engaño, error, ficción, creación artística literaria poética, astucia con el deseo de engañar y sacar ventaja acumulativa, el engaño interesado, error sin intención de engañar sino de tranquilizar etc. Todo esto implica que no hay una equivalencia inmediata entre pseudos y mentira, ya que pseudos tiene mucho de ficción y creación mentirosa con respecto a la realidad, y poco o nada de esa propiedad moral de culpabilidad que el cristianismo le ha impregnado a través de la historia, tal como Nietzsche denunció: “Nuestra mentira está hecha para desactivar el concepto griego de pseudos”, al moralizar, lo pervertimos, lo descalificamos, el pseudos no es una fuerza reactiva sino afirmativa de creación dionisiaca; no es un término religioso, moral, sino un modo de vida, un estilo de vida, de creación asociada a la ficción.

    

Metis es otro término similar a pseudos pero más ligado con la astucia y con la voluntad de engañar y de extraer ventaja decisiva en el combate. El término metis significa astucia, artimañas en un sentido más amplio, vital, de regateo, de pequeñas ventajas, de conseguir mucho a base de pocos recursos. El metis del caballo de Troya, ejemplifica este término.

    

Platón analiza la mentira con una asimetría entre el tratamiento que ésta recibe en La República y la que le otorga en su obra tardía, en concreto en Las Leyes. En la primera, Platón condena a la esterilidad a aquellos que se sirven de la mentira, básicamente artistas y poetas en la medida que ellos trafican con las ficciones y crean falsas representaciones en el pueblo, por tanto, la condena de la mentira es taxativa y absoluta; no hay posibilidad de acuerdo, de coqueteo, de tolerancia con ella. Lo que se opone es la relación de la verdad respecto de poetas y artistas frente a los filósofos. En el caso de Las Leyes, Platón advierte de la posibilidad, incluso de la necesidad, de que el político pueda servirse de la mentira, vista como fármaco, en el sentido de medicina curativa. En Las Leyes, dice: “La mentira, el engaño, es posible que hayan de usar muchas veces los gobernantes. La mentira es algo que aunque de nada sirve a los dioses puede ser útil a los hombres a manera de medicina, quedando reservada a los médicos y sin que los particulares puedan tocarla”.

    

El reconocimiento de la utilidad lícita de la mentira complica extraordinariamente las cosas porque habría que establecer en que condición, circunstancia, por quién, puede ser utilizada. El problema que se presenta llega hasta nosotros, porque, ¿hasta qué punto es necesario mentir al pueblo por parte los gobernantes aunque sea para el bien del pueblo? El énfasis de Platón cuando subraya que sea útil, no significa que pueda ser utilizada por todo el mundo, sino que es permitida sólo a los gobernantes, y por lo tanto, eso abre la polémica acerca de los fines y medios de la política, y ésta se convierte en el arte de evitar un mal mayor. El utilitarismo platónico es evidente: todos los medios son bienvenidos si son útiles para gobernar, y con ellos la mentira.

    

    

b)    Sentido bíblico

 

En el pensamiento cristiano incipiente, la mentira no era tan sólo mentira a los hombres, sino también mentira a Dios.

    

Con la mentira se quebraba la alianza entre Dios y los hombres, la cual estaba en la base de la constitución de la comunidad, y por lo tanto de la convivencia no reglada, ya que incipientemente era una comunidad sin instituciones represivas, sin burocracia ni formalidades. No había ningún grado de tolerancia con la mentira; se castigaba el comportamiento mentiroso porque atentaba contra el principio de sociabilidad comunitaria, y ésta se articulaba en la alianza entre lo divino y lo terrestre. La mentira era una ocultación a la comunidad: todo debía ser comunitario y transparente.

    

La justicia divina al comportamiento mentiroso era directo e inmediato. Se ilustraba mediante casos concretos: en los hechos de los apóstoles, Ananías y su mujer Safira, mueren fulminados como castigo debido a su mentira para lograr enriquecimiento; muertes que sirven como castigo, pero sobre todo, como un modo de insuflar temor en la comunidad mesiánica para mantener el orden humano y divino, bajo “el ojo Dios que todo lo ve”.

    

No se debe mentir porque se miente a Dios y se destruye el principio comunitario de convivencia entre los hombres. Razón doble, de peso, para no mentir, y además como razón suplementaria coactiva está el dios justiciero, que de manera fulminante hará que caiga sobre el mentiroso toda la ira y toda la justicia sin ningún tipo de contemplaciones.

 

 

c)     Sentido agustiniano

 

El espacio de la mentira en san Agustín (354-430) queda ubicado en el orden del “decir”, de lo que se dice, de lo que se expresa, de lo entendido como un “querer decir” animado por una intención voluntaria del que miente, por lo que el error queda fuera del ámbito de la mentira. Los hechos como tales no son mentirosos sino que están en función de lo que se dice de los hechos. La mentira se produce cuando se expresa lo contrario o diferente de lo que se piensa o se cree, por lo que se produce un desdoblamiento, una dualidad entre lo interior y lo exterior, entre lo que se piensa y lo que se dice. Hay alteridad en cuanto referencia a una exterioridad, a alguien distinto entre el sujeto que expresa y el otro, el objeto de la mentira. Mentir es siempre mentir al otro, no cabe el sentido de autoengaño. La mentira pertenece entonces, al registro de la dicción, del decir, de un decir asociado a un sujeto y por tanto a un quién, y en esa dualidad entre el decir y el pensar es donde encuentra su estatus, su condición de posibilidad, el ejercicio de la mentira.

 

Para san Agustín no hay mentira si no hay intención de mentir: una mentira nunca es involuntaria. En una mentira siempre existe la voluntad, la intención, el querer mentir, por lo que la mentira pertenece al espacio interior de la conciencia animada por la disposición a la acción para sacar ventaja. La mentira supone una ruptura de la convivencia, de la veracidad, de la confianza intersubjetiva del pacto social, porque suponemos anticipadamente a aquél que habla, que nos va a decir la verdad. La mentira es un corazón doble, entre los pensamientos interiores y su expresión pública.

    

d)   Sentido kantiano

    

    

Kant (1724-1804) alude a la noción de humanidad, responsabilidad, deber y veracidad.Cada hombre es un representante de la humanidad, y debe de actuar conforme a lo que se espera de ella, por lo que la mentira es intolerable ya que no se incluye en el compromiso de la humanidad. Para Kant, el concepto de humanidad y de mentira es contradictorio. Tenemos el deber de la veracidad no sólo con el otro, como era el caso agustiniano, sino con la humanidad. La mentira no sólo es algo contra el otro, sino también contra sí mismo en lo que de humanidad hay en cada uno de nosotros.En la noción de responsabilidad kantiana, el sujeto es el responsable, el que responde, de lo que hace y de todas las consecuencias que se derivan de la mentira.

    

Ya no se habla de la mentira, sino del deber de no mentir, de cómo legislar nuestro compromiso respecto de la mentira. Lo decisivo en Kant es, ¿a qué se opone la mentira?, lo contrario no es la realidad, ni la evidencia, sino lo que Kant llama veracidad o sinceridad, que es el compromiso que uno tiene respecto de la verdad, que no es la verdad misma, sino que es la disposición de uno respecto de la verdad, mediada por la intención y por la voluntad.

    

El planteamiento kantiano es rigurosamente formal. No tiene cabida el compromiso con lo empírico, en el sentido de que las circunstancias o contexto en la que se produce la mentira podrían relativizarla, sino que, el compromiso con la veracidad es un deber imperativo totalmente formal y absoluto, siempre y constante, sin ningún tipo de excepciones. Ni siquiera cabe la mentira piadosa o bondadosa, ni la mentira que evite un mal mayor o que sirva para sobrevivir.

    

Para Kant, “El ser veraz y sincero en todas las declaraciones es un sagrado mandamiento de la razón”, donde el compromiso con la verdad está racionalmente justificado porque entiende que toda verdad es buena a priori y de manera absoluta, amparándose en una identidad entre verdad y bondad.

 

e)    Sentido roussoniano

    

Si en el caso bíblico el móvil de la mentira era Dios y la comunidad, en el caso de Kant era la humanidad y la razón, en el caso de Rousseau (1712-1778) es la sociedad, el contrato social y la voluntad general.

    

El rechazo de la mentira en la Europa de la Ilustración se ampara en la constitución de una sociedad que pudiera merecer el nombre de tal, una sociedad constituida democráticamente, sin coacción, bajo el precepto del contrato social, del concepto de voluntad general que aparecía como esencia, y donde la mentira lo que introducía era una dualidad que acentuaba la distancia entre el individuo y el ciudadano, lo que es cada uno, y la imagen y la manera que se presenta en la vida en sociedad.Para Rousseau, la exigencia irrenunciable a la verdad no está basada ni en el Dios bíblico, ni en la razón kantiana como deber, sino que está basada en una reivindicación de la transparencia o autenticidad, asociada a la vida en sociedad. Lo antagónico a la mentira aquí no es la veracidad sino la transparencia, por la superación de la dualidad entre el individuo y el ciudadano, el que convive y lo que uno es privadamente. No hay sociedad con opacidad: en el hombre transparente no hay contradicción ni antagonismo entre su interioridad y su exterioridad social. El individuo no es una cosa en sociedad y otra cosa en su existencia particular; sólo hay una vida social transparente cuando se unifican ambas dimensiones. Se está diseñando la mentira como un obstáculo, un principio de desdoblamiento, de doblez, de corazón doble escindido entre el individuo y el ciudadano, que divide, duplica, que distorsiona las relaciones sociales y que es un obstáculo para la trasparencia. Se condena la mentira porque altera las relaciones entre lo interior personal y lo exterior social, creando una falsa exterioridad. Se diluye la particularidad del individuo en la universalidad de la comunidad.

    

Le interesa más la verdad moral que la verdad de los hechos, que están en función de la moral. Según el componente moral, Rousseau establece una clasificación de la mentira: la impostura (mentira en beneficio propio); el fraude (mentira en beneficio ajeno); la calumnia (mentira para perjudicar con la voluntad de causar mal) y la ficción (Rousseau rebaja la consideración porque no es una mentira moral, ya que no perjudica ni beneficia a nadie, “la ficción es el vestido de la verdad”; la ficción es lo contrario de la verdad pero no ofende ni hay nada condenable moralmente).

    

Para Rousseau, entonces, la mentira alude únicamente a la dimensión moral vinculada a la verdad, algo necesario e irrenunciable que debe serlo a los ojos de la voluntad general libremente expresada que permite construir una sociedad. La mentira es comprendida en la secuencia: moral, libertad y voluntad general, por eso señala Rousseau en las Meditaciones: “La verdad general y abstracta es el bien más apreciado de todos, sin ella el hombre está ciego, ella es el ojo de la razón a través de ella el hombre aprende a comportarse, a ser lo que debe ser, a hacer lo que debe, a tender a su verdadero fin”. Verdad identificada con el bien y los ojos de la razón abstracta, amparada en la voluntad general que permite construir una sociedad (ya no es el Dios bíblico).

    

El proyecto de Rousseau es un proyecto político. El mentiroso fulmina ese proyecto porque no sutura dualidades, sino que escinde, duplica, desdobla, y por lo tanto genera una falsa apariencia social basada en la dualidad que atenta contra la voluntad general libremente expresada, en la que lo particular se diluye en lo universal, por eso la continuidad entre voluntad general y razón abstracta. Pero ahí están los ojos de la razón capaz de liberar al hombre de la ceguera de la pasión, de las dualidades, desdoblamientos y oposiciones.

    

La felicidad está amparada en la unidad del individuo, la unidad sintetizada de hombre y ciudadano, la unidad de la multiplicidad social al amparo de la voluntad general. Para Rousseau la mentira distorsiona las relaciones sociales y está al servicio de la miseria humana porque se contrapone a la unidad hombre-ciudadano, y con ello para él, a la felicidad humana.

    

    

f)      Alexander Koyré

    

Koyré (1892-1964) contempla una posibilidad que no cabía dentro del esquema agustiniano: la mentira a sí misma. Dice, es indudable que el hombre siempre se ha mentido, se ha mentido a sí mismo y a los demás. Ese a los demás, sí que lo comprendía el concepto agustiniano, ya que tiene que haber una referencia a una exterioridad, alteridad, a alguien distinto a mí que convierto en objeto de mi engaño, pero Koyré llama la atención a algo que es evidente, también nos engañamos a nosotros mismos.

    

El autoengaño no es suprimible y provoca la dinámica que hace que nos neguemos a racionalizar evidencias contrarias a nuestras creencias, por tanto el autoengaño está asociado a la cuestión de la ceguera. No sólo somos lúcidos sino que también somos ciegos para las realidades, y como dice el axioma, no hay peor ciego que el que no quiere ver, y ese no querer ver es el autoengaño. Pero el autoengaño es también terriblemente positivo porque oferta una ventaja selectiva, ya que aquél que se cree a si mismo su propia mentira, hace gala de una coherencia y de una fuerza digna de mejor causa. De manera que es posible que uno construya su propia existencia sobre su propia mentira, es decir, a base de creerse tanto sobre la mentira, que haga de esa mentira su propia verdad, y como no duda, eso hace que se imponga con absoluta fuerza sobre aquellos más débiles que sin embargo construyen su debilidad a base de lucidez.

    

La mentira es un proceso ante todo intelectual, que supone una capacidad de abstracción notable, importantísima, lo cual significa que cuanto más inteligente en el sentido de abstracción, de relación conceptual, más sofisticada será la mentira, más coherente, y por tanto más sólida, más estable y por tanto más parecida a la verdad, y por tanto más creíble por uno mismo y por aquellos a los que se la impone.

 

En La función política de mentira moderna (revista RENNAISSANCE 1943) dice Koyré:

    

“Nunca se ha mentido tanto como ahora. Ni se ha mentido de una manera tan descarada, sistemática y constante”.

    

Koyré dedica este artículo a su preocupación por desactivar la alianza que advierte entre mentira y totalitarismo, y el peligro de la utilización del sistema nazi que él veía se seguía utilizando en la URSS: los totalitarismos están fundados sobre la primacía de la mentira, como el régimen totalitario por excelencia, el nacionalsocialismo. El contexto es por tanto, un escenario internacional de bloques en una política de bloques, donde la mentira es un arma más a ser utilizada legítimamente contra el adversario.

    

La mentira moderna –ahí radica su valor distintivo–, está fabricada en serie y se dirige a las masas donde a menudo el mito es preferido a la ciencia, así como la retórica que se dirige a las pasiones es preferida a la argumentación dirigida a la inteligencia.

    

Los gobiernos totalitarios siempre han proclamado urbi et orbi (para lo que ningún estado democrático ha tenido nunca el valor), que es ridículo acusar de mentir a alguien que como Hitler anunció públicamente (e incluso lo imprimió en Mein Kampf) el programa que realizó punto por punto. Pero es verdad que Hitler (como los otros caudillos de estados totalitarios), anunció todo su programa de acción públicamente. Pero, precisamente porque sabía que no sería creído por los «otros», que sus declaraciones no serían tomadas en serio por los no iniciados, precisamente así, diciéndoles la verdad estaba seguro de engañar y adormecer a sus adversarios. Sería, pues, ésta una vieja técnica maquiavélica de la mentira en segundo grado, técnica perversa por antonomasia, y en la que la verdad misma se convierte en puro y simple instrumento de engaño. Parece claro que la tal «verdad» no tiene nada que ver con la verdad.

    

Para Koyré, en los totalitarismos, el juicio, el pensamiento, es decir la razón –discernimiento de lo verdadero y lo falso, decisión y juicio–, se estima como algo raro y muy poco extendido en el mundo: sería un asunto de la élite y no de la masa. Y esta última se ve guiada o, mejor, movida por el instinto, la pasión, los sentimientos y resentimientos. En las masas no cabe pensar, ni querer, sino obedecer y creer, y creer todo lo que oye, con tal de que se lo digan con la suficiente insistencia, con tal de que halaguen sus pasiones, odios y pavores. Por lo tanto, es inútil intentar permanecer más cerca de los límites de la verosimilitud: al contrario, cuanto más descarada, masiva y cruelmente se miente, mejor se será creído y seguido. Resulta inútil igualmente intentar evitar la contradicción: la masa nunca la percibirá; es inútil hacer concordar lo que se dice a unos con lo que se cuenta a los otros: nadie creerá lo que se comenta a los otros, y todo el mundo creerá lo que se le dice a él; es inútil aspirar a la coherencia: la masa carece de memoria; es inútil disimularles la verdad: es radicalmente incapaz de percibirla; es inútil incluso esconderles que se la engaña; no comprenderá jamás que se trata de eso mismo, que se trata del tratamiento al que se la somete.

    

Koyré constata que si el triunfo de la conspiración de los totalitarios puede considerarse como una prueba experimental de su doctrina antropológica, así como de la perfecta eficacia de sus métodos de enseñanza y de educación basados en la mentira, esa experiencia no sirve más que para sus propios países y para sus pueblos. No sirve para los demás y, notablemente, no vale para los países democráticos que, después de todo, obstinados e incrédulos, se han mostrado reacios a la propaganda totalitaria.

    

    

g)    Hannah Arendt

    

Con Hannah Arendt (1906-1975) la mentira encuentra ahora un espacio privilegiado en el ámbito de la política, amparándose en la falsación de la narración, la razón de estado, y los medios de comunicación´.

    

Señala Arendt: “Las mentiras siempre han sido consideradas como herramientas necesarias y legitimas no sólo del oficio del político o pedagogo, sino también del oficio del hombre de estado”.

    

Arendt configura de una manera novedosa e irrumpe en la mentira, en la política, para rescatar viejos problemas que creíamos cerrados si hubiesen seguido las estrategias platónica, kantiana, religiosa, o roussoniana, porque no habría esa necesidad de ese recurso a la mentira que en la política contemporánea aparece de manera manifiesta.

 

Para Arendt Resulta difícil establecer el sujeto de la mentira, que ya no es un proceso subjetivo, sino que es un proceso sistémico, de manera que es el entramado político y social el que está a la base de esa promoción incondicionada del concepto de mentira. No sólo deja de ser un asunto subjetivo asociado a la convivencia de los individuos, es que además hay una transformación absolutamente central en el sentido de que la mentira no afecta tanto al registro de la dicción (agustiniana), sino que tiene que ver con los hechos. No se trata de falsar o engañar a propósito de la narración de los hechos, sino que se trata de alterar, de manipular los hechos mismos generando una realidad mentirosa, ficticia, de la que resulta difícil salir o encontrar un contraste que permita denunciar su carácter engañoso o mentiroso. Ya no se trata de algo del decir o del ocultar, sino de una realidad que se construye, por tanto, todo el acento recae no sobre la actividad del decir, sino en el carácter performativo, en la capacidad que tiene el actuar mentiroso de construir una realidad mentirosa.

 

Arendt destaca el concepto y la práctica de la razón de estado. El concepto de razón de estado en última instancia está orientado a permitir acciones ilícitas por parte de los estados con que el fin de mantenerse, de perpetuarse. Esta es una práctica excepcional, ilegitima, pero que sin embargo es tolerable porque así se evita un mal mayor: la desaparición del estado. El problema dice Arendt, es que esa práctica estatal defiende a la práctica gubernamental, de manera que no son los estados sino los gobiernos, los que se sirven de la razón de estado para perpetuarse como gobierno. Esa ampliación del concepto de la mentira va asociado a un déficit democrático, un déficit de legitimidad y una promoción de ese recurso extremadamente peligroso que es el recurso a la razón de estado.

 

Arendt añade la novedad que introdujo el nacionalsocialismo, el recurso novedoso y eficaz de los nuevos medios de comunicación en la práctica política. Esa dinámica dice se amplía en el capitalismo con las prácticas propias del mundo de la empresa. Lo que ella está denunciando es el hecho de que la política está impregnada, permeada de publicidad, propaganda y marketing, por lo que hay ahí una contaminación fatal que desvirtúa el ejercicio de la política y la participación o la manera en que los ciudadanos se integran en ese ejercicio de la política.

 

Esos tres factores: falsar la narración, razón de estado y medios de comunicación, constituyen la tormenta perfecta, el conglomerado esencial que permite esa ampliación, promoción del concepto de mentira asociado a los hechos: la creación y manipulación de una realidad al servicio de una transformación del ejercicio de la política. No sólo se manipula el presente, sino también el pasado, es decir, esa irrupción de la mentira está orientada a una reescritura de la historia, una manera eficaz de borrar todas las huellas que nos permitirían salir de esa ratonera, de ese espacio cerrado, que construye la dimensión performativa de la mentira. El ejemplo más claro que pone Arendt es en el libro Eichmann en Jerusalén, donde un nacionalismo extremo se empeña en reescribir una y otra vez la historia, en cuanto que ésa es una fuente de legitimación del presente. Por tanto no hay dimensión ninguna ni futura, ni presente, ni pasada, que escape a esa dinámica enloquecida de destrucción de pruebas y construcción de una realidad ad hoc respecto de los nuevos intereses.

 

Junto a eso añade Arendt, se encuentra la promoción de la imagen. Es decir, el tránsito de una cultura de la letra a una cultura de la imagen, que es infinitamente más manipulable. Arendt dice que todo se altera, se modifica, porque la imagen ahora no representa la realidad, sino que sustituye a la realidad. La imagen enmascara o deforma la realidad profunda, sería el momento iconoclasta en el sentido de que la imagen es un intermediario fatal que deforma, desvirtúa las realidades. La mentira entonces, no está orientada a esconder, sino que está orientada a destruir, es decir, la mentira no disimula una realidad, sino que la mentira construye su propia realidad y en ese nuevo estado de cosas la tecnología ocupa un papel esencial.

 

 

 

Nota del autor: es aconsejable leer el artículo neurofilosofia.com (neurociencia y neuropolítica) para comprender mejor el concepto de neuromentira.

 

3.   Concepto de neuromentira

Denomino neuromentira, al autoengaño inconsciente determinado por las sugestiones profundas sobrevenidas. Es un proceso intuitivo y no intelectual o reflexivo donde el inconsciente engaña a la razón.

 

Neuromentira es autoengaño porque en la dualidad inconsciente-razón, la razón es subyugada y manipulada por las sugestiones o emociones inconscientes, generadas al automatizar costumbres, creencias, deseos y valores, debido fundamentalmente al adiestramiento mental por repetición regular de conductas, experiencias y pensamientos semejantes. Las sugestiones profundas son sobrevenidas o coyunturales porque se van adquiriendo durante la experiencia vital. Es un proceso intuitivo de competencia inconsciente, por lo tanto, no es reflexivo ni intelectual.

 

La neuromentira hace que la realidad, que a mi juicio es la percepción que cada individuo siente o desea sentir de los hechos reales, sea una realidad subjetiva subsumida en las sugestiones profundas, es decir, en las costumbres, creencias, deseos y valores emocionalizados que se apoderan, dominan la razón, y son la fuente de la actitud o estrategia intencional del individuo. Parece razonable pensar, que si juzgáramos los hechos en sí mismos, sólo a través de la racionalidad, es decir, de razones, argumentos y lógica, el veredicto generalizado sería consistente y muy semejante, sin embargo esto no suele ocurrir, sino que frecuentemente nos encontramos con interpretaciones o versiones de estos hechos totalmente contradictorias e incompatibles. Ante una jugada decisiva en el área de penalti en un partido de futbol, los seguidores más incondicionales, más pasionales, tanto de un equipo como del rival, no llegarán a ninguna entente aunque vean la misma jugada repetida multitud de veces. Cada facción “verá” subjetivamente lo que desea ver.

 

Una neuromentira cuando es compartida y aceptada por una colectividad, se convierte en una verdad objetiva para esa masa de individuos.

 

Una masa de individuos con una verdad objetiva emocional, puede convertirse en una perversión totalitaria.

 

Una perversión totalitaria puede conducir a cualquier estado de cosas.

 

Masa es aquella colectividad de individuos que empatiza una “verdad objetiva emocional”, es decir, que creen en una misma cosa, tal que la sienten íntimamente como una verdad absoluta, como un dogma. Una masa podría encontrarse entonces, en una tradicional aglomeración física, en unos conjuntos de pequeñas multitudes, pero también como una amalgama deslocalizada de personas enlazadas por los medios de comunicación, tal como los votantes incondicionales a un partido político.

 

Una neuromentira es un nuevo concepto de mentira que nada tiene que ver con cualquier sentido anterior porque se abandona el proceso de raciocinio, de libre albedrio, siendo derrotado por el de intuición inconsciente, es decir, por el neurodeterminismo.

 

Un autoengaño siempre necesita de una exterioridad, de una captación de información externa al sujeto para que ésta pueda producirse en él. La neuromentira es inducida por el parásito o ente exterior, en el huésped, es decir, por los especialistas en neuropolítica en el inconsciente del votante. Si la neuromentira llega a implantarse con un alto grado de profundidad, a sentirse como un deseo irrefrenable, el huésped encontrará placer en ella, lo que le determina a compartirla, contagiarla, potenciarla y alimentarla constantemente con más “argumentos” que le den satisfacción. Estos argumentos pueden tener cualquier propiedad, como pueda ser la contradicción lógica o la perversión de los instintos de supervivencia: inmolarse por unas creencias políticas o de cualquier otro tipo, por absurdas y viscerales que sean.

 

La neuromentira no tiene ningún tipo de componente moral, divino, agustiniano, normativo, de responsabilidad, del deber, de voluntad general, ni con lo cierto e incierto; solamente en el aspecto de exterioridad respecto del sujeto, tiene el componente de utilización interesada para unas élites oligárquicas con suficiente poder, amparándose en la falsación sistemática y planificada de la narración y en los avanzados medios de comunicación actuales.

 

La neuromentira está relacionada con la utilidad, la acción, la ficción, la persuasión, la falsedad sistematizada, y la astucia para conseguir dominar las voluntades en un ámbito social amplio. La neuromentira hace más fácil conseguir que los otros, la masa, hagan, actúen, voten, sientan “los hechos”, “la realidad”, como las élites poderosas desean. Quizás también podría llegar a intuirse la neuromentira por una cercana analogía con el concepto de pseudos, con el término neuropseudos.

 

Tal como se apuntaba en el sentido de Koyré respecto del autoengaño, éste es también terriblemente positivo porque oferta una ventaja selectiva, ya que aquél que se cree a si mismo su propia mentira, hace gala de una coherencia y de una fuerza digna de mejor causa. La neuromentira refuerza ese argumento, pero además con el poder de que la emoción es más poderosa que el móvil de la razón. Continua Koyré con que es posible que uno construya su propia existencia sobre su propia mentira, es decir, a base de creerse tanto sobre la mentira, que haga de esa mentira su propia verdad, y como no duda, eso hace que se imponga con absoluta fuerza sobre aquellos más débiles que sin embargo construyen su debilidad a base de lucidez. Koyré ya intuyó certeramente a mediados del siglo XX el poder de la neuropolítica, al decir que la mentira está fabricada en serie y se dirige a las masas donde a menudo el mito es preferido a la ciencia, así como la retórica que se dirige a las pasiones es preferida a la argumentación dirigida a la razón.

 

La neurociencia habilita la posibilidad de la neuromentira sofisticada a gran escala. Pero ya no se trata únicamente de los medios tradicionales a los que apuntaba Arent, sino que hay que contar con las últimas tecnologías de la información global que permiten la deslocalización individual y que pueden penetrar en cada momento de nuestra vida cotidiana y en nuestra más profunda intimidad. Esto significa que las élites de poder que dominen el neuromarketing y la neuropolítica, disponen de una tecnología que les hace mucho más eficaces respecto de sus rivales. Las élites de los grandes partidos políticos –unos en mayor medida que otros–, los poderosos lobbys empresariales y financieros, son actualmente, a mi juicio, los grupos más altamente interesados en la utilización de la potencialidad de la neuromentira.

 

Supongamos una colectividad de empresas que juegan, compiten entre ellas por un mercado de productos o servicios. Algunas de ellas disponen de la última tecnología disponible: internet, ordenadores, robots, procesos eficientes de gestión y producción etc., mientras que otras todavía compiten con tecnología obsoleta menos eficiente, digamos máquinas de escribir, télex y papel de calco. Parece evidente que las últimas perderán la partida.

 

Supongamos una colectividad de personas, digamos un estado, donde varios grandes partidos políticos pugnan por ganar unas elecciones. Algunos de ellos disponen de última tecnología: el poder de la neuropolítica, de las sugestiones profundas, de la neuromentira, mientras que los otros siguen utilizando herramientas de persuasión tradicional basadas en discursos argumentativos. Los segundos difícilmente ganarán las elecciones.

 

Decía Arendt que, ya no se trata de algo del decir o del ocultar, sino de una realidad que se construye, por tanto, todo el acento recae no sobre la actividad del decir, sino en el carácter performativo, en la capacidad que tiene el actuar mentiroso de construir una realidad mentirosa. Por lo tanto, cuando la realidad es construida, y es construida en el inconsciente mediante sugestiones profundas –emociones–, y para ello las élites que utilizan la neuropolítica conocen las técnicas para fabricarlas e implantarlas de una manera sistematizada y planificada, el éxito está prácticamente asegurado en tanto que los rivales no la contrarrestan o neutralicen con nuevas neuromentiras. No importa qué tipo de mentira se inventen, ya que saben que al final del proceso, si alcanzan el éxito, y mientras ésta dure, se justificarán todos los fines y medios, tanto por parte de los engañadores como de los engañados. Cuando la mentira sea detectada –si llega a serlo– y el éxito se ve afectado negativamente, el prestigio del engañador decaerá, porque el prestigio siempre depende del éxito y desaparece ante el fracaso, aunque también es cierto que la masa, como apuntaba Gustave Le Bon, se olvida fácilmente del pasado.

 

Pero la neuromentira no es necesariamente reprobable-perversa. Supongamos que los diferentes y numerosos grupos de interés de una sociedad conocen y disponen de las técnicas para crear e implantar neuromentiras en los huéspedes –socialización de la neuromentira–, entonces, los poderes fácticos podrían llegar a estar equilibrados, compensados, y con ello evitar disfunciones en el sistema y abusos de poder. O incluso, podemos suponer que existe un grupo de interés poderoso, convencido de que los valores de dignidad humana, libertad, igualdad, solidaridad, justicia y paz, deben automatizarse en el inconsciente de los ciudadanos. La neuromentira podría ser una perversión totalitaria eficaz, útil y deseable en este caso.

 

Las neuromentiras son autoengaños, pero no en el sentido de Koyré de que no son suprimibles. La neuromentira provoca una ceguera provisional, una ceguera racional que puede desactivarse con el tiempo, con ese ventanuco a la posibilidad del libre albedrio atrapado dentro del determinismo neurofisiológico. Posibilidad amparada en la calmada reflexión y la deliberación que abre la esperanza a la libre voluntad. Esperanza que está amparada como condición primera en el reconocer la existencia del paradigma emocéntrico, y que el desengaño es el momento de acceso a la verdad.

 

Arturo Gradolí.

 

v2.5

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