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Sobre la Dignidad y los Derechos Humanos

12/2015

Artículo publicado en elperiodic.com, septiembre de 2014

 
Pianista 3

Hace algún tiempo escribía una reflexión acerca de la dignidad humana. Este agosto me ha dado, entre otras cosas, por repensar más sobre esta cuestión. He leído un libro de Jürgen Habermas escrito en 2011: “The crisis of de European Union. A response”. Como cabía esperar, está muy relacionado con la dignidad y otros valores humanos fundamentales. Abunda en ellos en el capítulo referido a: “El concepto de la dignidad humana y la utopía realística de los Derechos Humanos”.

 

Quiero comentar acerca del primer artículo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por las Naciones Unidas en diciembre de 1948, y que reza así: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. En mi opinión no expresa correctamente el verdadero significado que pretende, y quizás sería más adecuado decirlo de otra manera, a saber: “Todos los seres humanos son considerados libres e iguales en dignidad y derechos”. Argumentaré porqué:

 

El verbo “nacen”, significaría que, de manera intrínseca o innata somos libres e iguales. Pero, por una parte, el «ser» algo no significa «deber» ser algo, porque derivaríamos una prescripción (deber) desde una descripción (ser), y entonces caeríamos en el pozo de la falacia lógica naturalista. Por la otra parte, supondríamos que la libertad y la igualdad son previas a la racionalidad, por lo que tendríamos que referirnos a dogmas religiosos, filosóficos, incluso científicos.

 

Los dogmas religiosos, son leyes o preceptos otorgados por algún, o algunos entes sobrenaturales, y por lo tanto serian previos a la inteligencia y al razonamiento, es decir, existirían como normas morales objetivistas allende del ser humano: normas invariantes, verdaderas, absolutas e inviolables. Por ejemplo, Zeus nos otorgó el sentido de la justicia y del pudor, es decir, la justicia como valor universal reflejado en la Declaración no sería un constructo humano sino algo que ya existía anteriormente, incluso al nacimiento de este universo.

 

Si fuera un dogma filosófico, significaría que tanto las ideas de libertad como de igualdad serian consecuencia de “intuiciones intelectuales autoevidentes y verdaderas” al modo cartesiano; pero esas son cosas del pasado. Actualmente los axiomas son considerados legítimos como el resultado de una elección tras un debate o deliberación, y un consenso libre y simétrico (ideal), y por lo tanto los axiomas son contingentes y provisionales.

 

Si fuera un dogma científico (cosa muy improbable porque cualquier ley científica siempre se considera correcta de forma provisional) en el que los científicos interpretaran que la libertad y la igualdad nos vienen de serie en nuestros genes, sería realmente muy sospechoso de falsedad, ya que los valores humanos son una construcción moral humana. La moral no existe en la naturaleza: el resto de animales no hacen cosas buenas o malas, justas o injustas, simplemente las hacen. En este caso, y por prudencia, lo dejaré como exageradamente improbable, ya que se da el caso de que el altruismo parece mostrarse también en otras especies animales, aunque quizás sólo sea por la supervivencia de la especie: actitud determinada por evolución natural sin connotaciones morales. De todas maneras caeríamos también en la falacia naturalista, nunca mejor dicho.

 

Personalmente suscribo la tesis de que los hechos y normas morales son una construcción, una creación humana. Algo que hemos diseñado históricamente para permitir la supervivencia social, es decir, que no la hemos descubierto en ningún sitio supranatural donde pudiera encontrarse previamente, al estilo de las Ideas platónicas o del derecho natural.

 

Entonces, si los valores humanos tales como la libertad, igualdad y dignidad (entendida ésta última como la conjugación de la autonomía moral individual con la igual consideración y respeto para todos los ciudadanos) son acuerdos colectivos y por lo tanto contingentes y susceptibles de ser modificados, creo que debemos tratar de mantenerlos el máximo tiempo posible en vigor hasta que construyamos otros valores que los superen, en el sentido de mejorar el bien individual y el bien común universal. Es por lo que deberíamos hablar más de ellos, repetirlos continuamente, con discursos y con acciones, para tratar de neurodeterminar nuestros estupendos cerebros con programas neurales basados en la Declaración Universal de Derechos Humanos, para que nos neurodeterminen a buscar incansablemente una convivencia cada vez más digna, libre y satisfactoria para toda la especie humana.

 

Con todo lo anterior, creo que ya podemos comprender el verdadero significado del verbo “nacen”, que en su sentido literal parece darnos plena confianza en los valores de libertad e igualdad como algo que han sido, son, y serán siempre así. Pero no debemos caer en la ingenuidad. Los valores universales no se sostienen en ninguna fundamentación natural absoluta e inviolable, porque se mantienen en “la nada”, se mantienen tan solo en la convicción moderna consensuada de que son buenos para la humanidad. Por eso debemos tener siempre presente que todos los seres humanos “son considerados” y no “nacen”, y que las convicciones y la consideración a los demás si no se practican caen en el olvido y dejan de existir en el mundo social y político. Es por esto por lo que hay que seguir bregando día sí, otro también, en mantener y reforzar los valores universales para que nadie por su cuenta los desvalorice acorde a sus intereses particulares. Los poderes fácticos han aprendido a reinterpretar sibilinamente valores universales como la solidaridad, Paz, y el derecho a un medio ambiente sano, a sus intereses oligárquicos. Cosas de la neuropolítica y otras especies.

 

Al final he terminado hablando de neurodeterminismo. Me lo temía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Arturo Gradolí. Informàtic, Filòsof i Màster en Història i Comunicació de la Ciència (UPV-UV)

@ArturoGradolí

Agost de 2014

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