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Una reflexión filosófico-científica del cambio climático antropogénico

04/2016

Me referiré en esta reflexión al cambio climático antropogénico, es decir, aquel que es consecuencia directa de la actividad humana, y en concreto, por las emisiones de dióxido de carbono o CO2. Quiero afirmar, ante todo, mi convencimiento de que se hace necesario y urgente reducir drásticamente todo tipo de agentes químicos contaminantes para preservar el medio natural y la salud humana, y abogo por las convicciones personales para luchar contra toda clase de contaminación. Y es así, porque tanto el medio natural como la salud, son valores absolutos y valiosos por sí mismos que no requieren justificación de ningún tipo, al igual que la dignidad humana y la libertad.

    

Como introducción y a modo intuitivo para abordar esta reflexión, evocaré a Foucault y su tesis sobre el poder. Decía Foucault que, el poder es la razón que ve, que domina, que instrumenta y que controla. Hasta las ciencias humanas estudian al hombre para conocerlo y dominarlo mejor. El poder tiene el poder de producir, crear e imponer su verdad, y la verdad absoluta no existe, sino que existen interpretaciones o versiones múltiples de los hechos. Foucault se apoya en la tesis de Nietzsche: «No hay hechos, hay interpretaciones».

    

Dicho lo anterior, supongamos que el registro histórico de las temperaturas medias de la Tierra en los últimos millones de años indica que, la cantidad de CO2 en la atmósfera mantiene una correlación directa con el cambio climático natural. Sin embargo, según algunos expertos paleoclimáticos, primero se produce el cambio climático y décadas o siglos después se manifiesta la variación del CO2 en el aire. Supongamos que durante el Periodo Cálido Medieval entre los siglos X y XIV la temperatura fuera más calurosa que la actual en el hemisferio norte; y también que, en la denominada por la NASA como Pequeña Edad de Hielo, entre los siglos XVI y mediados del XIX las temperaturas medias fueron más bajas que en la actualidad. Si ahora suponemos que lo expuesto anteriormente fuera cierto, cosa que el lector puede corroborar o refutar, resultaría que el paradigma establecido del calentamiento global antropogénico podría sostenerse sobre dos errores conceptuales: la falacia inductiva de inferir conclusiones generales a partir de insuficientes observaciones y la falacia del argumento de autoridad.

 

Las falacias.

En la falacia inductiva, se infiere un cambio climático de características apocalípticas debido a las emisiones antropogénicas de gases de efecto invernadero, fundamentalmente el supuesto CO2. Sin embargo, en todo efecto suele haber más de una causa. En concreto, el aumento o disminución global promedio de la temperatura terrestre viene dada por múltiples factores, tanto endógenos como exógenos a la Tierra, tales como la actividad solar, los múltiples movimientos de la Tierra, la deforestación salvaje sobre todo en los países pobres, los incendios forestales, y la amplia actividad volcánica.

    

En la segunda falacia, el argumento de autoridad viene dado fundamentalmente por las figuras de los políticos Margaret Thatcher y Al Gore, líderes mundiales con poder de influencia en la formación de la opinión pública que, aprovechando instrumentalmente los esfuerzos de organizaciones ecologistas para salvaguardar el medio ambiente en su lucha contra todo tipo de contaminación ambiental, consiguieron dirigir la opinión general a favor de la teoría del calentamiento antropogénico de la Tierra. Un plausible objetivo de Margaret era su apoyo entusiasta a la energía nuclear, libre de emisiones de CO2. Esto enlaza con la introducción intuitiva de que, el poder es la capacidad que tiene una persona o un determinado grupo de imponer su verdad como verdad para todos, y, además, tiene la potencialidad de sofocar las demás verdades, tachándolas de irresponsables, o incluso, despectivamente de negacionistas, nihilistas, o no creyentes, por decirlo con Agustín de Hipona. Son los casos de, por ejemplo, Ivar Giaever premio Nobel de Física, o de John Raymond Christy, científico climático líder del IPCC (Panel Intergubernamental del Cambio Climático promovido por Margaret Thatcher en 1988 que considera limpia la energía nuclear, y que muy posiblemente -entre un 90% y un 95% de probabilidad- el CO2 antropogénico pudiera ser la causa del calentamiento global).  Christy, junto a otros científicos abandonaron el IPCC porque detectaron que los datos de las investigaciones científicas se estaban “cocinando” en favor del cambio climático antropogénico; así también como del cofundador de Greenpeace, Patrik Moore, por considerar una farsa política la teoría del calentamiento global por emisiones de CO2. Hay científicos que no avalan la teoría del cambio climático antropogénico y que reclaman abrir un espacio de debate. Decía Nietzsche: «No hay hechos, hay interpretaciones». Parece ser que cuando la realidad no encaja con una teoría, o con unas expectativas, se pueden hacer dos cosas: revisar la teoría o “cocinar” esa realidad para que se adapte a ella.

    

Las dos falacias, la primera desde el punto de vista científico y la segunda desde el social y político, han establecido una verdad, un paradigma irrefutable e incontrovertible al igual que ocurrió con el paradigma geocéntrico ptolemaico, aquel en el que el Sol orbitaba a la Tierra y que perduró hasta más allá de la “Revolución Científica” del siglo XVII. Es importante resaltar qué, es correcto y beneficioso para el progreso científico cuestionar de forma argumentada cualquier teoría científica. Sin embargo, política y socialmente hoy día es inaceptable cuestionar el cambio climático antropogénico porque se ha convertido en un asunto políticamente incorrecto y en un dogma científico, todo lo contrario de lo que representa la ciencia, porque la ciencia es un saber útil, práctico, contingente, no dogmático y siempre provisional que no está nunca en poder de ninguna verdad absoluta, al contrario de lo que ocurre en los dogmas religiosos. Convendrá aclarar que, cuando se detectan anomalías en una teoría científica se suele abrir un escenario de debate para discutir las controversias. No hay debates científicos sobre la teoría astronómica heliocéntrica porque no se han detectado anomalías que los sugieran, y por lo tanto, existe unanimidad entre los científicos sobre la validez de la misma. Sin embargo, la teoría del cambio climático antropogénico presenta una serie de anomalías que no puede explicar, por ejemplo, el enfriamiento sostenido de las temperaturas en la península antártica a lo largo de la última década, y la disminución de temperaturas entre 1940 y 1975, según el Registro de temperaturas del Goddard Institute for Space Studies (GISS) de la NASA para la superficie de la tierra y los océanos (LOTI, Land-Ocean Temperature Index).

 

El CO2 y el aire.

Lo anterior no significa que personalmente niegue o avale el cambio climático, sino que el cambio del clima podría ser debido a causas diferentes a las emisiones de CO2,  ya sean causas naturales o por algún otro contaminante químico no identificado. El CO2 tiene una presencia en el aire del 0,035%, del que aproximadamente el 98% es de origen natural y el 2% antropogénico. Merece la pena recordar que el CO2 es un gas más denso y pesado que el aire,

 

 

Desde mi punto de vista, la construcción social del cambio climático antropogénico no se debe a razones estrictamente científicas, sino que es una construcción social en la existen motivos políticos, ecológicos (bien intencionados), geoestratégicos y sobre todo económicos. Decía muy acertadamente Adam Smith en Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones publicada en 1776: «Miserable espíritu de monopolio» refiriéndose a los oligopolios de las grandes compañías mercantiles y navieras de la época. Hoy día esa afirmación podría contextualizarse como «Maldito espíritu neoliberal» que aprovecha cualquier ocasión y circunstancia para reforzarse. Cabe preguntarse: ¿Quiénes salen realmente beneficiados con la teoría del calentamiento global?: ¿La industria química, la cosmética, las farmacéuticas, …?, ¿El temor? Quizás focalizar tanto el problema en el CO2 (que también) nos haga desviar la atención a otros problemas como el envenenamiento de los mares y océanos por los millones de toneladas de productos tóxicos que se vierten en ellos, como la oxibenzona que más adelante analizaré.

 

En definitiva, Margaret Thatcher y sobre todo Al Gore, han convertido el cambio climático debido a las emisiones antropogénicas de CO2 en un enemigo y en una verdad científica irrefutable, en un dogma, en un mainstream sustentado en la autoridad y el poder político, que recordemos, lo ostentan aquéllos que disponen de los medios para imponer su versión de los hechos a los demás. El enemigo, al igual que el amigo en política, va y viene en función de las circunstancias, al contrario que las convicciones personales que son más fuertes y no requieren de ningún enemigo para perseverar: una convicción social en la sostenibilidad y la protección del medio ambiente siempre será más fuerte y más duradera que el temor a cualquier enemigo. La naturaleza, al igual que la salud, son valores absolutos, valores que no requieren justificación de ningún tipo al igual que la dignidad humana o la libertad, porque son valiosos por sí mismos. Es por esto, por lo que debemos luchar por convicciones personales contra todo tipo de contaminación, incluida la contaminación por CO2, así como promover activamente las energías renovables y no permanecer pasivos ante abusos político-económicos como el del impuesto al Sol (miserable espíritu de monopolio). Quiero hacer notar que en 2006, Al Gore profetizaba que el Ártico desaparecería en 2013, y en su documental Una verdad incómoda, aseguraba que en 2016 la Tierra se cocinaría en ella misma debido al calentamiento global antropogénico, fenómenos que evidentemente no han ocurrido. El problema radica en que podría emerger un poderoso “anti-Al Gore” que, apoyándose también en la ciencia, pudiera cuestionar y anular todos los avances que se están produciendo en la lucha contra la contaminación por CO2.

 

La Cumbre de París.

Recientemente, en la Cumbre de Paris de 2015 se dio por zanjada la discusión sobre el hecho científico del calentamiento global de la Tierra. Actualmente, la temperatura media mundial es 0,85 Cº superior a la de finales del siglo XIX según reza en la página web de Acción por el Clima de la Comisión Europea. Cada una de las tres décadas anteriores ha sido más cálida que cualquiera de las precedentes desde que empezaron a registrarse datos en 1850. El Acuerdo tiene por objeto reforzar la respuesta mundial a la amenaza del cambio climático debido a la actividad humana. Conviene recordar que existen múltiples modelos matemáticos para proyectar las temperaturas globales a largo plazo y todos ellos basados en el principio céteris páribus, aquel en que se consideran constantes todas las variables de un fenómeno, pero que por ejemplo, no contemplan el recientemente descubierto aumento de la biomasa publicado en la revista Nature. Según el modelo seleccionado por la Cumbre para proyectar la variación de temperaturas, se obtiene un incremento significativo. El objetivo fundamental es mantener dicho estimado aumento muy por debajo de 2º centígrados para este siglo, tomando como referencia los niveles preindustriales de mediados del siglo XIX, es decir, los que se corresponden justamente con el final de la Pequeña Edad de Hielo, hito que apoya la posibilidad de que puedan recuperarse de forma natural las bajas temperaturas globales con respecto al periodo cálido medieval. Pues bien, la Cumbre de París, acuerda que la ciencia ha dictaminado, y, por lo tanto, que hay que tomar las medidas políticas, económicas, sociales y tecnológicas para afrontar el problema del calentamiento global antropogénico.

    

El dilema de este Acuerdo, según algunos intelectuales, es que puede arrojar a los países del tercer mundo, al pozo del subdesarrollo, porque dificulta su acceso a las tecnologías baratas como el petróleo. Sin electricidad es prácticamente imposible el desarrollo económico, social, científico y tecnológico, porque impide una buena atención sanitaria, una educación universal, una producción sostenible, un incremento de la productividad, una inversión en energías limpias, y una vida próspera para los ciudadanos, que son algunos de los elementos necesarios para emanciparse de la miseria y de los miedos racionales infundados.

    

Cierto es que el Acuerdo de París promueve un desarrollo con bajas emisiones de gases de efecto invernadero y una tenue disminución del resto de agentes contaminantes, lo cual es totalmente necesario y urgente, incluso insuficiente a mi parecer si realmente queremos proteger la vida humana, la salud, y el medio natural, tanto ahora como para las próximas generaciones, porque el planeta lo habitamos en una especie de “usufructo planetario” y debemos cuidarlo haya o no haya cambio climático antropogénico. Pero, también es cierto que centrar la atención de algunos problemas medioambientales únicamente en las emisiones de CO2 puede a veces, conducir a abordar problemas desde un enfoque equivocado. Es el caso de la extinción del 20% de los corales marinos en los mares del planeta, atribuida erróneamente por algunos expertos al cambio climático antropogénico. Me explicaré; estudios científicos no financiados por las industrias química y cosmética (estudios de expertos independientes), como por ejemplo sobre los efectos toxicopatológicos del filtro solar UV oxibenzona en las plánulas de coral publicado en septiembre de 2015 afirma que, las mediciones de la presencia de oxibenzona en los arrecifes de coral de zonas costeras habitadas o con presencia constante de turistas en las Islas Vírgenes y Hawái, detectaron concentraciones 12 veces superior a las suficientes para que se produzca el blanqueo y muerte de los corales. El radio de acción de un solo bañista portador de oxibenzona en su piel alcanza los 300 metros, lo que llevó a la prohibición de las cremas solares en lugares como los ecoparques marinos de México. Estas noticias no asoman ni por casualidad en los informativos de las cadenas de televisión más influyentes, o, si acaso, de pasada sin apenas comentarios al respecto.

 

La oxibenzona se presenta en múltiples denominaciones: BP-3, benzophenone-3, 2-hydroxy-4-methoxphenyl phenylmethanone, o también, CAS No. 131-57-7. Este elemento químico mata las larvas de animales y envenena las costas de arrecifes de coral; por lo que centrar la lucha ambiental en las emisiones de CO2 y desestimar otras causas como los vertidos de aguas residuales con agentes tóxicos en las costas, es sin lugar a dudas un fatídico error. En otras palabras, centrar los problemas alrededor del cambio climático antropogénico puede llevar a ocultar otras causas de alto impacto perjudicial en la salud humana y el medioambiente. Así, la causa de la muerte de los corales y la fauna marina más vulnerable ha quedado demostrado por estudios científicos independientes que se debe a contaminantes químicos como la oxibenzona. Por consiguiente, esta anomalía química que ha introducido el ser humano en la naturaleza, hace que me pregunte lo siguiente: ¿Podría la oxibenzona ser el agente químico causante de la extinción de las tellinas en las playas turísticas valencianas cuando hace unas décadas comenzó el boom de las cremas para protegerse del Sol? Este fenómeno bien merecería un estudio por parte de las autoridades valencianas.

 

En suma, en el Acuerdo de París no se justifica esgrimir la teoría del cambio climático antropogénico como respaldo científico para estos más que deseables y alabables propósitos de proteger el medio ambiente, porque el medio ambiente es un valor en sí mismo, y porque la teoría no es plenamente aceptada por la comunidad de científicos y climatólogos. La teoría no explica con suficiente rigor científico lo que está sucediendo en el planeta, y así lo manifiestan los científicos y personalidades “negacionistas”, porque hay datos y hechos que no se ajustan a la teoría: anomalías al igual que ocurrió en su momento con la teoría geocéntrica. Recalco, por lo tanto, mi preocupación filosófica y científica, ante la imposibilidad de facto para abrir un escenario de debate constructivo sobre el cambio climático antropogénico.

    

Animo al lector a investigar sobre el cambio climático antropogénico en aras del espíritu crítico, porque reafirmará o cuestionará sus convicciones actuales al respecto, pero, sobre todo, le facultará para entender mejor la construcción social de la ciencia.

    

Relacionados:

Convención marco sobre el cambio climático: http://unfccc.int/resource/docs/2015/cop21/spa/l09s.pdf

Toxicopathological Effects of the Sunscreen UV Filter, Oxybenzone (Benzophenone-3), on Coral Planulae and Cultured Primary Cells and Its Environmental Contamination in Hawaii and the U.S. Virgin Islands: http://www.chumbeisland.com/fileadmin/downloads/Textlink-pdfs/Downs_et_al_Sunscreen_research_2015.pdf

Adam Smith y el «miserable espíritu del monopolio»

«No hay hechos, hay interpretaciones», Foucault «No al sexo rey»

 

 

Arturo Gradolí. Informàtic, Filòsof i Màster en Història i Comunicació de la Ciència (UPV-UV)

@ArturoGradoli

Octubre de 2016

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