

València 26 JUL 2026 6:00
Quizá nos estemos haciendo la pregunta equivocada sobre el futuro del trabajo. ¿Y si el gran problema del siglo XXI no fuera encontrar un empleo remunerado, sino aprender a vivir cuando el trabajo deje de ser el principal organizador de la vida de las personas?
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Históricamente, trabajar ha sido una necesidad vital que ha contribuido a la identidad y al reconocimiento social. Cuando preguntamos a alguien quién es, a menudo nos responde con el nombre de su profesión. Trabajar sirve para ganarse la vida y, además, organiza nuestros horarios, nuestras relaciones sociales e incluso una parte importante de nuestra autoestima. Por eso todavía no somos plenamente conscientes de la magnitud del cambio que podría haber comenzado.
El economista J. M. Keynes, en el ensayo Las posibilidades económicas de nuestros nietos (1928), decía que los avances tecnológicos podrían reducir la jornada laboral hasta unas quince horas semanales; y el filósofo Bertrand Russell, en su Elogio de la ociosidad (1935), defendía que las máquinas debían liberar tiempo para la cultura, el pensamiento o la conversación.
Aquellas intuiciones que parecían utópicas vuelven ahora con una fuerza inesperada. La inteligencia artificial (IA) actual automatiza capacidades cognitivas que hasta hace muy poco eran exclusivamente humanas; es decir, además de sustituir el trabajo físico, también realiza tareas intelectuales o creativas. El debate, por tanto, sigue abierto: unos consideran que desaparecerán determinadas ocupaciones, pero surgirán otras nuevas capaces de compensar esa pérdida; otros, en cambio, advierten de que la velocidad del cambio tecnológico impulsado por la IA y la robótica autónoma podría avanzar más rápidamente que nuestra capacidad de adaptación social y económica.
Es precisamente en ese desajuste temporal entre la destrucción y la creación donde podría materializarse aquello que Keynes advertía sobre el desempleo tecnológico. De hecho, el informe del Foro Económico Mundial sobre El futuro del empleo 2025 lo confirma: el 22 % del mercado laboral actual —170 millones de nuevos puestos de trabajo y 92 millones de empleos desplazados— se verá transformado por la IA, la robótica y la automatización antes de 2030, y hasta un 39 % de las competencias actuales quedarán obsoletas o se transformarán. La tecnología, por tanto, ya no solo cambia el trabajo: lo redefine.
Y, aun así, independientemente de las cifras, hay una pregunta aún más trascendental: ¿qué haremos con el tiempo libre? Una sociedad altamente automatizada nos obligaría a replantearnos qué significa vivir bien cuando el tiempo deje de estar ocupado por el trabajo obligatorio. La paradoja es profunda. Es decir, justo cuando la tecnología podría reducir el tiempo destinado al trabajo humano, emerge un ecosistema digital diseñado para competir por el uso del tiempo liberado. Redes sociales, plataformas de streaming y algoritmos personalizados responden a una misma lógica: captar y retener nuestra atención.
El peligro de alienación es sutil: no se nos obliga a hacer nada en concreto, pero cada vez resulta más difícil llevar a cabo actividades autónomas emancipadas de la tutela algorítmica, tanto creativas como reflexivas. De modo que el destino del tiempo liberado deja de ser neutral, porque siempre dependerá del modelo de sociedad tecnológica que acabemos construyendo.
En este sentido, la controversia entre seres humanos y máquinas es equívoca; lo que importa es la manera en que organizamos la sociedad: es necesario pasar del modelo de producir más, promovido por el tecnoabsolutismo, al modelo de vivir mejor, inspirado en el humanismo tecnointeligente.
El tecnoabsolutismo es una tendencia que ya empieza a insinuarse en la vida social y política. No es una distopía, sino un modelo en el que las infraestructuras tecnológicas pasan progresivamente a organizar la vida social según criterios de eficiencia, control y optimización, a menudo al margen de un horizonte humanista.
El tecnoabsolutismo no rechaza abiertamente la democracia, pero hace que esta se vuelva secundaria, irrelevante. Ya no hace falta opinar ni votar cuando los algoritmos pueden optimizar las decisiones que deben tomarse y los datos parecen irrefutables. En este marco, la justicia social, los derechos humanos, la igualdad o el Estado del bienestar dejan de ser valores democráticos para convertirse en obstáculos para la eficiencia. La soberanía popular es progresivamente sustituida por una soberanía algorítmica capaz de orientar la agenda política, cultural y social hacia escenarios imprevisibles o inimaginables.
El humanismo tecnointeligente —que ya esbozábamos en 2017—, en cambio, propone un modelo radicalmente distinto: la tecnología no debe sustituir a la política, sino estar a su servicio, y el progreso técnico debe estar sometido a los valores democráticos liberales de eficacia contrastada. Este modelo considera que la IA y la robótica autónoma podrían liberar tiempo de ocio para desarrollar actividades creativas, culturales o sociales, sobre la base de tres pilares fundamentales.
En primer lugar, los valores irrenunciables: la dignidad humana, la libertad, la igualdad, el Estado de derecho y los derechos humanos, tal y como establece el artículo 2 del Tratado de la Unión Europea, porque nos permiten aspirar a un modelo de civilización democrática europea frente a los nuevos autoritarismos. En segundo lugar, la gobernanza democrática de la tecnología: decisiones transparentes, participativas y sometidas al control público, con el fin de evitar dependencias de corporaciones tecnológicas o de Estados autoritarios. Y, en tercer lugar, la tecnología al servicio de las personas: reducir desigualdades, crear oportunidades y mejorar la calidad de vida, incluyendo el derecho al tiempo liberado para el ocio creativo, la cultura o la participación cívica.
El gran desafío: decidir qué sociedad queremos
La cuestión, sin embargo, no es si la tecnología avanzará —lo hará, sin duda—, sino si los seres humanos podremos vivir mejor gracias a su implantación universal. El tecnoabsolutismo nos conduce hacia una sociedad donde la eficiencia sustituye a la justicia, la velocidad sustituye a la reflexión y el algoritmo sustituye al debate. Por el contrario, el humanismo tecnointeligente propone aprovechar el progreso tecnológico para ampliar las posibilidades humanas; no se trata de vivir con menos, sino de aspirar a una vida plena en la que dispongamos de más tiempo para crecer personal y colectivamente.
Esta decisión política y cultural dependerá de la metapolítica que seamos capaces de construir con los valores, los relatos y los imaginarios que orienten nuestro modelo de sociedad. El gran desafío del futuro consistirá, por tanto, en garantizar ingresos universales en una sociedad automatizada —mediante reducciones de la jornada laboral, una fiscalidad tecnológica o la implantación de una renta básica— y convertir el tiempo liberado en una vida plena, autónoma y emancipada. Y eso exige una nueva educación sobre el uso del tiempo. Quizá, por tanto, el verdadero progreso no consista solo en vivir más, sino, finalmente, en más vivir.
Arturo Gradolí és doctor en Estudis Històrics i Socials de la Ciència i autor de ‘Tecnoabsolutisme Global (La intel.ligència artificial i el risc de col.lapse social).




