
El tecnoabsolutismo global es un modelo político, económico, tecnológico y moral caracterizado por una elevada concentración del poder, especialmente en actores que acumulan capital o controlan los grandes ecosistemas digitales. Pero estos ecosistemas no son solo instrumentos económicos o tecnológicos. Son también infraestructuras de poder por las que circulan ideas, narrativas e imaginarios capaces de orientar comportamientos.
Lo que sucedió en Ceuta los días 30 y 31 de julio permite analizar este mecanismo.
El 29 de julio, el CNI advertía a la Delegación del Gobierno en Ceuta, la Guardia Civil y los servicios de inteligencia marroquíes de que en Facebook y WhatsApp circulaban convocatorias para intentar al día siguiente entrar por mar y por la valla, aprovechando la Fiesta del Trono marroquí. Entre los espacios detectados había un grupo de WhatsApp denominado «Asalto a la valla de Ceuta» y dos grupos de Facebook. En conjunto, las convocatorias llegaban a grupos con unos 180.000 integrantes. La alerta existía, aunque los servicios de inteligencia no anticiparon la magnitud extraordinaria que acabaría adquiriendo la movilización.
Pero antes del hecho ya existía una narrativa potencialmente hipersticional: el día 30 habría una oportunidad excepcional para entrar en Ceuta. Circulaban mensajes sobre una menor vigilancia, sobre la imposibilidad de realizar determinadas devoluciones o, directamente, que «la puerta está abierta». Facebook funcionaba como espacio de captación y WhatsApp facilitaba la coordinación.
Aquí aparece el concepto de hiperstición.
El término surgió en el entorno de la CCRU de la Universidad de Warwick durante los años noventa. Partiendo de aquella intuición, estoy desarrollando lo que provisionalmente denomino metapolítica hipersticional: un marco analítico para estudiar cómo determinadas narrativas puede intervenir en la construcción de la realidad social. Propongo entender la hiperstición como un mecanismo social generativo de realidad por el cual una narrativa genera expectativas, orienta acciones y puede acabar contribuyendo a materializar el futuro que anticipaba. Es desde este marco analítico desde el que propongo abordar el caso de Ceuta.
Antes de entrar en el caso de Ceuta, algunos ejemplos de narrativas pueden ayudar a intuir de qué estamos hablando. No son necesariamente hipersticionales: la idea de que Europa está en decadencia; que las personas desfavorecidas viven a costa de las que triunfan; que el futuro estará dominado por la inteligencia artificial; que Groenlandia será de EE. UU. o que «el que pueda hacer, que haga».
Pero esto no significa que una narrativa, por sí sola, cambie nada, ni que cree mágicamente la realidad, ni que las redes sociales expliquen por sí solas lo que ocurrió en Ceuta. Significa algo mucho más concreto.
Si miles de personas reciben el mensaje de que una frontera estará abierta, esta narrativa puede contribuir a construir un imaginario compartido en el que esta posibilidad aparece como plausible. Cuando, además, observan que muchas otras personas también lo creen, puede aparecer una expectativa compartida que orienta la acción: las personas se desplazan hacia la frontera y la suma de miles de acciones individuales modifica la realidad.
La narrativa ya no se limita a explicar el mundo. Interviene en el mundo que explica.
En Ceuta, más de 80.000 personas atravesaron la frontera durante los días 30 y 31 de julio. Cuando la presión adquirió aquella dimensión, apareció un dilema político y moral extraordinario: ¿hasta dónde puede llegar el uso de la fuerza para impedir físicamente el paso?
Llevado al límite, podemos formularlo brutalmente: utilizar una fuerza potencialmente letal contra una multitud, asumiendo el riesgo de provocar una matanza, o priorizar la preservación de las vidas, asumir temporalmente la entrada y gestionar después identificaciones y devoluciones de acuerdo con la legalidad.
El Gobierno central optó por la segunda vía. Pedro Sánchez ha afirmado posteriormente que se decidió producir «el menor daño posible» y ha calificado aquella decisión como la más humanitaria. La decisión no evitó la tragedia: los datos oficiales hablan de más de 141 personas muertas, la mayoría ahogadas mientras intentaban llegar a la costa.
Aquella fue la decisión más trascendente de aquel suceso, porque obligaba a elegir entre priorizar la preservación de las vidas o asumir el riesgo de una catástrofe mucho mayor.
Pero lo que me interesa en este artículo, desde el punto de vista de la metapolítica, no es valorar las acciones o las inacciones del Gobierno, sino observar cómo un mismo hecho puede adquirir significados diferentes según el marco mental desde el que lo interpretemos. Los marcos mentales son estructuras de referencias simbólicas, emocionales, cognitivas y morales que condicionan la manera en que un individuo interpreta y da significado a los hechos.
Un marco progresista puede situar en primer plano la vida humana, los derechos humanos, la proporcionalidad en el uso de la fuerza y la dignidad de las personas. Un marco ultranacionalista puede priorizar la soberanía, la integridad territorial, la autoridad del Estado y la percepción de una amenaza exterior.
Y sobre estos marcos empiezan a circular narrativas que entran simultáneamente en diferentes campos metapolíticos de disputa.
En el campo de la inmigración: «La Unión Europea sufre una inmigración descontrolada» o «las desigualdades generan una presión migratoria estructural sobre las fronteras europeas».
En el de la seguridad: «el Estado ha perdido el control de las fronteras» o «una democracia debe controlarlas sin provocar una masacre».
En el de la identidad: «la inmigración amenaza nuestra cultura» o «las sociedades europeas son y serán cada vez más diversas».
En el de la soberanía: «Ceuta ha sido invadida» o «Ceuta ha sufrido una crisis migratoria excepcional».
En el de la confianza institucional: «el Gobierno sabía qué iba a ocurrir y lo permitió» o «existía una alerta, pero no se anticipó la dimensión del fenómeno».
Estas narrativas no son simples opiniones aisladas. Actúan sobre los marcos mentales desde los que interpretamos la realidad y compiten por construir imaginarios: representaciones compartidas de la sociedad, de cómo funciona y de los problemas que afronta, o de futuros posibles. Cuando algunos elementos de estos imaginarios llegan a percibirse como normales, evidentes o inevitables, pueden incorporarse al sentido común.
Estas son solo algunas pinceladas de lo que propongo analizar mediante la metapolítica hipersticional: cómo las narrativas pueden circular, amplificarse, actuar sobre los marcos mentales, contribuir a construir imaginarios, generar expectativas y orientar comportamientos que acaban interviniendo sobre esa misma realidad.
Ceuta permite observar los dos movimientos. Antes del hecho, una narrativa germinal circula por los ecosistemas digitales, contribuye a construir un imaginario compartido y a generar una expectativa compartida que moviliza a miles de personas. Después del hecho, nuevas narrativas circulan por la misma infraestructura y compiten, en diferentes campos metapolíticos, por determinar el significado de lo que acaba de suceder.
Porque cuando una narrativa contribuye a transformar la realidad, ya no solo disputa el relato del futuro: empieza a construirlo.
Es importante destacar que el carácter hipersticional de una narrativa no depende de que sea verdadera o falsa, y las hipersticiones tampoco son buenas o malas en sí mismas: pueden servir tanto para la dominación como para la emancipación. Para desplegarse, necesitan circular y amplificarse. En este proceso pueden intervenir difusores —políticos, empresas, universidades, lobbies, activistas, movimientos sociales o los propios ciudadanos— e infraestructuras de circulación y amplificación, como los medios de comunicación y las plataformas de los ecosistemas digitales.
Y es precisamente aquí donde echo en falta hipersticiones capaces de impulsar un imaginario progresista.
Como dice el título: quien pueda hipersticionar, que hipersticione.
Arturo Gradolí. Doctor en estudis històrics i socials en ciència, tecnologia, medicina i comunicació científica. Filòsof, informàtic i historiador.




