

València 13 SEP 2026 6:00
Las pequeñas y medianas empresas son uno de los primeros ámbitos donde se hace visible una transformación más profunda: la concentración del poder económico y tecnológico en manos de unos cuantos gigantes.
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Las reglas del juego económico están cambiando. No es solo que la inteligencia artificial, las plataformas digitales o la automatización estén transformando la forma de producir y vender. Lo que está cambiando radicalmente es quién tiene capacidad para decidir cómo funciona el mercado.
Llamo tecnoabsolutismo global al proceso por el que el poder político, económico y tecnológico tiende a concentrarse en unos pocos actores capaces de influir no solo en la sociedad y los mercados, sino también en las reglas que los gobiernan y en los imaginarios colectivos que los hacen posibles. No se trata de quién tiene más dinero o gana más mercado, sino de quién tiene el poder para establecer las reglas del juego.
Durante décadas, las grandes empresas han dispuesto de más capital, tecnología y economías de escala, mientras que las pymes han competido mediante la proximidad, la flexibilidad, la especialización y el conocimiento del territorio. Era un equilibrio imperfecto que permitía la coexistencia de empresas de muy diferentes dimensiones. Ese equilibrio está cambiando.
Una gran empresa puede diseñar un producto, financiarlo, fabricarlo, distribuirlo, posicionarlo mediante algoritmos y venderlo directamente al consumidor a través de plataformas digitales. Una pyme, en cambio, puede terminar dependiendo de esa misma plataforma para encontrar a sus clientes. Las pymes ya no siempre compiten en un mercado neutral, sino dentro de ecosistemas controlados por plataformas digitales que fijan las reglas de visibilidad, precios y acceso al cliente. Vender online puede significar depender de algoritmos que deciden si determinado producto o servicio se ve o no se ve.
El algoritmo se convierte así en un nuevo intermediario económico. Pero su influencia puede ir más allá de decidir qué compramos: también puede condicionar el menú de opciones que tenemos para elegir y, en cierta medida, aquello que consideramos posible.
1. El poder del sentido común
El problema no es que existan grandes empresas: son necesarias y generan innovación, empleo y riqueza. El riesgo aparece cuando consideramos inevitable la concentración, cuando asumimos que solo las grandes empresas pueden competir globalmente y que las pequeñas deben limitarse a ser proveedoras o subcontratas.
El mercado puede seguir siendo formalmente competitivo y, sin embargo, dejar de ofrecer condiciones realmente equilibradas. No hace falta eliminar la competencia si se pueden controlar las condiciones en las que esa competencia tiene lugar.
Esta es una de las lógicas del tecnoabsolutismo: del mismo modo que no necesita abolir formalmente la democracia si puede hacerla irrelevante, tampoco necesita eliminar el mercado competitivo si puede concentrar las infraestructuras, la tecnología, los datos y los canales de acceso de los que depende la competencia. La cuestión no es si el mercado sigue existiendo, sino quién controla las condiciones que permiten participar libremente en él.
Reducir este debate a una cuestión tecnológica sería un error. El poder económico también necesita construir un relato que justifique su expansión. Si repetimos que la concentración es inevitable, terminaremos por considerarla natural. Aquí entra en juego la dimensión metapolítica: antes de cambiar las instituciones formales e informales, hay que cambiar los marcos mentales desde los que interpretamos la realidad, aquello que los valencianos llamamos el trellat. El tecnoabsolutismo no consiste solamente en concentrar recursos; también puede acabar condicionando nuestra capacidad para imaginar alternativas.
2. La respuesta: capacidad colectiva
Las pymes valencianas no están condenadas. La Comunitat Valenciana tiene la ventaja extraordinaria de contar con un tejido empresarial diverso, especializado y arraigado en el territorio. El clúster cerámico de Castelló, el calzado de Elx, el textil de Alcoi o el cooperativismo agroalimentario demuestran que las pequeñas empresas pueden generar capacidades colectivas que, individualmente, no tendrían.
La clave está en la cooperación. Una pyme aislada difícilmente puede competir con una gran empresa en inversión tecnológica o acceso a mercados, pero muchas pymes cooperando pueden compartir conocimiento, investigación, logística o comercialización sin perder su independencia. No necesitan convertirse en gigantes. Necesitan adquirir capacidad colectiva.
Es una idea que he compartido en muchas conversaciones con Salvador Navarro, expresidente de la CEV y gran conocedor del tejido empresarial valenciano. Siempre me ha parecido especialmente relevante su preocupación por aumentar la capacidad de nuestras empresas para competir y por vertebrar el tejido productivo.
En un mundo dominado por gigantes, la cooperación puede convertirse en una forma de soberanía económica.
3. Soberanía tecnológica: no basta con digitalizarse
Pero la cooperación no es suficiente. Las pymes también necesitan soberanía tecnológica. Digitalizarse no significa solo incorporar herramientas digitales, sino conservar la capacidad de decidir sobre la tecnología de la que depende el negocio.
No se trata de rechazar las plataformas digitales, la inteligencia artificial o la automatización. La cuestión estratégica es quién controla la relación con el cliente, quién posee los datos y quién decide sobre las infraestructuras que sostienen el negocio.
Una pyme puede ganar eficiencia utilizando tecnología ajena y, al mismo tiempo, perder autonomía si entrega sus datos, sus procesos o su relación con los clientes a plataformas digitales que no controla.
La soberanía tecnológica de las pymes debería convertirse, por tanto, en un objetivo estratégico: utilizar tecnología sin entregar el control. No significa que cada pyme tenga que desarrollar su propio software o sus propios modelos de inteligencia artificial. Significa poder elegir, cambiar y combinar tecnologías esenciales para el negocio sin quedar subordinada a un único proveedor o plataforma.
4. No ser más grandes, sino más relevantes
Las pymes tampoco necesitan competir en todos los mercados. Pueden ser excelentes en unos pocos, dominar un conocimiento específico, fabricar un producto o prestar un servicio difícil de sustituir, ofrecer una calidad diferencial o construir una relación con sus clientes que una gran plataforma no pueda reproducir.
En la economía del tecnoabsolutismo, la estrategia más inteligente quizá no sea intentar ser tan grande como el gigante, sino convertirse en algo que el gigante no pueda sustituir fácilmente.
Se trata de construir redes de empresas capaces de cooperar, ganar escala y conservar su autonomía tecnológica. La cuestión no es estar a favor o en contra de la tecnología, ni de las grandes empresas. La cuestión es quién controla la tecnología, quién establece las reglas y quién conserva capacidad para decidir.
Quizá la verdadera alternativa no sea crear gigantes más grandes, sino construir redes de empresas capaces de ser pequeñas individualmente, soberanas tecnológicamente y grandes colectivamente.
Arturo Gradolí és doctor en Estudis Històrics i Socials de la Ciència i autor de ‘Tecnoabsolutisme Global (La intel.ligència artificial i el risc de col.lapse social).


