El miserable espiritu del monopolio: de Adam Smith al tecnoabsolutismo

El tecnoabsolutismo apunta a la concentración del poder en unes pocas manos. / M. V.

¿Qué pensaría Adam Smith del enorme poder económico, tecnológico y político de las grandes corporaciones digitales? ¿Reconocería el «miserable espíritu del monopolio» que denunció en el siglo XVIII?

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En 2015, en mi Trabajo de Fin de Grado en Filosofía por la Universitat de València, investigué sus dos obras fundamentales: La teoría de los sentimientos morales (1759) y La riqueza de las naciones (1776), así como su relación con la Responsabilidad Social Empresarial (RSE). En la conclusión decía que ambas obras son compatibles y complementarias, y que el pensamiento económico de Smith no puede comprenderse al margen de su filosofía moral.

Más de una década después, aquellas reflexiones adquieren una nueva dimensión ante lo que denomino tecnoabsolutismo global: un modelo político, económico, moral y tecnológico en gestación, caracterizado por una alta concentración del poder en pocas manos, especialmente en centros de poder económico y tecnológico que acumulan capital y controlan ecosistemas digitales a escala global. Su matriz ideológica combina el autoritarismo postdemocrático, el libertarianismo económico, el individualismo radical y una confianza tecnomesiánica en la inteligencia artificial (IA).

La cuestión es si ese modelo puede considerarse heredero del liberalismo de Adam Smith.

Para responder, conviene recordar que Smith fue, ante todo, un filósofo moral. En su pensamiento cabe distinguir tres conceptos presentes en su pensamiento: el amor propio, el interés propio y el egoísmo. Los dos primeros pueden orientar legítimamente nuestras acciones, también las económicas, mientras que el egoísmo puede conducir a comportamientos perjudiciales para los demás, algo que Smith criticó en numerosas ocasiones.

El filósofo sostiene, además, que los seres humanos poseen una capacidad de simpatía que les permite interesarse por la suerte ajena. Esta disposición, próxima a lo que denominamos empatía, se refiere a la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de imaginar sus sentimientos, sus miedos y sus alegrías, lo cual constituye uno de los fundamentos de la convivencia social. Por ello, su defensa del interés individual no legitima cualquier conducta encaminada a obtener beneficios.

Esta distinción es relevante ante determinadas corrientes libertarianas contemporáneas que sitúan la libertad individual y la propiedad privada por encima de la justicia y de cualquier consideración colectiva. Para Smith, el interés propio debía desenvolverse en un marco de justicia y respeto a los demás.

En un artículo publicado en mi blog neurofilosofia.com sostenía que el liberalismo de Smith debía entenderse en su contexto histórico, marcado por los privilegios de las élites económicas. Smith criticó los monopolios y la influencia de los comerciantes sobre los gobernantes. Su defensa de la competencia perseguía impedir que una reducida élite impusiera sus intereses al conjunto de la sociedad.

Traslademos esta reflexión al siglo XXI. Las enormes corporaciones tecnológicas han construido ecosistemas digitales que integran plataformas, redes sociales, datos, algoritmos, IA e infraestructuras de comunicación. Algunas gozan de posiciones dominantes en mercados estratégicos. Peter Thiel, empresario e inversor tecnológico, defendió las ventajas del monopolio en un artículo publicado en The Wall Street Journal en 2014, con un título revelador: Competition Is for Losers («La competencia es para los perdedores»).

El contrapunto con Smith es evidente. Mientras el filósofo escocés defiende la libertad económica frente a los monopolios y privilegios, el tecnoabsolutismo apunta hacia la concentración del poder en unas pocas manos. Smith situaba el interés individual dentro de un marco de justicia y responsabilidad hacia los demás, frente al individualismo radical del tecnoabsolutismo.

Esta concentración de poder afecta especialmente a las pymes. Necesitan incorporar nuevas tecnologías e IA para mejorar su productividad y competir, pero muchas dependen de plataformas digitales, servicios en la nube y software. Estas herramientas les facilitan el trabajo y abren oportunidades de negocio, aunque también las exponen a decisiones sobre condiciones de uso o acceso a sus datos recopilados, en muchas ocasiones, fuera de la Unión Europea.

¿De qué libertad de mercado hablamos cuando una empresa depende de quienes controlan infraestructuras digitales esenciales para su actividad? Pensemos en una pequeña empresa valenciana que vende sus productos a través de una plataforma digital: un cambio en el algoritmo que determina su visibilidad puede afectar directamente a las ventas, sin que apenas pueda hacer nada para evitarlo. Desde una interpretación smithiana, el problema no reside en el tamaño de esas corporaciones, sino en que su poder pueda restringir la competencia y la libertad de iniciativa de los demás.

Sin embargo, la concentración del poder económico no es la única cuestión que permite relacionar el pensamiento de Smith con los desafíos actuales. Otro aspecto resulta especialmente oportuno: su concepción del progreso tecnológico. En La riqueza de las naciones reconoció que la división del trabajo y las máquinas aumentaban la productividad. Lo ilustró con el conocido ejemplo de una fábrica de alfileres, donde cada trabajador se especializaba en una operación concreta, lo que permitía multiplicar extraordinariamente la producción.

No obstante, también advirtió que la repetición continua de unas pocas tareas podía empobrecer las capacidades intelectuales de los trabajadores y defendió que los poderes públicos facilitaran el acceso a la educación de las clases populares para contrarrestar estos efectos indeseables. El corolario es que el aumento de la productividad no equivale necesariamente a una mejora del bienestar de las personas.

Hoy, cuando la IA promete incrementar enormemente la productividad, aquella preocupación continúa vigente. La cuestión no es solo cuánto podremos producir, sino quién se beneficiará de esa riqueza, cómo se transformará el trabajo y qué oportunidades tendrán los ciudadanos para participar en la nueva economía.

La Unión Europea tiene ante sí el desafío de combinar innovación, competencia, derechos fundamentales y control democrático. Para las pymes, esto supone disponer de alternativas tecnológicas europeas, fomentar los estándares abiertos, reducir dependencias y acceder a una IA que no las convierta en clientes cautivos de unos pocos proveedores.

Sería anacrónico atribuir a Smith posiciones sobre la IA o la regulación europea. Sin embargo, sus principios permiten cuestionar una interpretación del liberalismo que identifica la libertad económica con la ausencia de límites al poder privado.

Quizá la gran paradoja de nuestro tiempo sea que algunos de quienes se presentan como defensores de la libertad económica estén, en realidad, contribuyendo a construir, mediante la concentración del poder económico y tecnológico, las bases de un nuevo tecnoabsolutismo.

Adam Smith combatió el miserable espíritu del monopolio. Hoy convendría preguntarnos si aquel espíritu del siglo XVIII no está, lamentablemente, resurgiendo.

Para Smith, la libertad económica no podía desligarse de la justicia y del respeto a los demás. Frente a un tecnoabsolutismo que concentra el poder y exalta el individualismo radical, su pensamiento nos recuerda que el progreso no debería medirse únicamente por la riqueza que somos capaces de producir, sino también por el bienestar que somos capaces de generar para el conjunto de la sociedad.

Arturo Gradolí és doctor en Estudis Històrics i Socials de la Ciència i autor de ‘Tecnoabsolutisme Global (La intel.ligència artificial i el risc de col.lapse social).

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