
València 13 MAR 2026 6:00. Levante EMV.
Ahora mismo no nos encontramos ante un régimen autoritario clásico: seguimos votando, tenemos parlamentos, tribunales, derechos fundamentales y paz social, pero el poder está cambiando de manos. La pregunta es: ¿quién gobierna realmente cuando los algoritmos deciden qué es visible y qué no lo es?
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“La democracia no siempre muere por la fuerza, a veces desaparece en silencio”.
La frase encabeza el libro Tecnoabsolutismo Global y es un diagnóstico, y también una advertencia.
Durante décadas, en Europa hemos pensado que la democracia solo podía desaparecer mediante convulsiones como golpes de Estado, suspensiones constitucionales, militares sublevados contra las instituciones, etc. Pero lo que plantea el libro es mucho más inquietante, porque… ¿y si la democracia no se estuviera destruyendo, sino vaciándose?
Ahora mismo no nos encontramos ante un régimen autoritario clásico: seguimos votando, tenemos parlamentos, tribunales, derechos fundamentales y paz social, pero el poder está cambiando de manos. Las decisiones estructurales dependen cada vez más de entornos tecnológicos globales que no están sometidos a ningún control democrático, como por ejemplo la visibilidad de la información, las jerarquías de los contenidos o las infraestructuras digitales. Entonces la pregunta es: ¿quién gobierna realmente cuando los algoritmos deciden qué es visible y qué no lo es?
¿Y por qué Tecnoabsolutismo? Cuando pensamos en absolutismo evocamos los siglos XVII y XVIII. Pensamos en Luis XIV proclamando L’État, c’est moi. El poder concentrado en una sola voluntad ejecutiva, sin contrapoderes efectivos. Sin embargo, ahora estamos empezando a vivir bajo una nueva forma de absolutismo. No vemos el rostro de un monarca. No necesita llevar corona. No vive en Versalles ni en ningún lugar. El poder se concentra en sistemas de inteligencia artificial, en redes sociales, en infraestructuras digitales gestionadas por élites tecnocráticas con una capacidad económica y decisoria extraordinaria. Si antes el rey lo podía todo, ahora podríamos decir que los algoritmos deciden por todos. No hay un soberano que decrete nada, pero sí existe un desplazamiento estructural del poder fuera del circuito clásico de la representación institucional. Y eso es profundamente político.
La comparación con la novela 1984 de George Orwell es inevitable, pero en la distopía del escritor el poder es visible, centralizado y represivo. Hoy el poder es difuso, tecnológico y aparentemente neutral. No prohíbe sistemáticamente. No necesita censurar de manera masiva: orienta, filtra, prioriza.
Los algoritmos conocen nuestras preferencias, creencias, edad, intereses y, incluso, el estado de ánimo. A partir de ello, seleccionan la información que debemos recibir primero, cuál diluir y cuál viralizar. Quien controla la visibilidad configura el espacio público. No es un poder que nos diga qué pensar. Es un poder que condiciona aquello que tenemos disponible para pensar. Y cuando alguien controla los criterios de prioridad, está interviniendo en la democracia antes de que la democracia pueda reaccionar. Pensemos, por ejemplo, en una campaña electoral, en una crisis sanitaria o en una emergencia climática. Si la información circula según criterios comerciales opacos, ¿quién está fijando realmente la agenda?
Por tanto, no nos encontramos ante un plan secreto coordinado por mentes oscuras; se trata de una convergencia de poder histórica y trascendental.
Durante el siglo XX, ideas como el individualismo radical, la desconfianza hacia la democracia liberal, el ultraliberalismo económico y la fe absoluta en la tecnología vagaban dispersas. Es entonces cuando la influencia de la filósofa Ayn Rand se vuelve crucial, porque establece aquella teoría que dice que el individuo excepcional está por encima de la sociedad, el Estado es un obstáculo y la igualdad, una carga. Rand defendía una idea extremadamente radical: el individuo es el único sujeto moral plenamente legítimo, de modo que el egoísmo racional y la desigualdad extrema no son un defecto, sino una virtud.
Las élites tecnológicas actuales han crecido intelectualmente mamando este marco ideológico; por eso podemos entender a los influencers de esta ideología, como Curtis Yarvin y Nick Land, vinculados a corrientes como la posdemocracia, el aceleracionismo o la llamada Ilustración Oscura.
Nos enfrentamos a una situación que tiene una clara dimensión intencional que se manifiesta en la difusión de una ideología marcadamente autoritaria, podríamos decir anarcocapitalista, que combina ultraliberalismo económico, conservadurismo moral y una fe casi mesiánica en la tecnología —especialmente en la inteligencia artificial— como instrumento central de gobierno, control y reorganización social.
Cuando estas ideas las ponen en práctica los actores que controlan las infraestructuras digitales globales, dejan de ser teorías marginales y se convierten en gobernanza.
“Europa es el último muro normativo y ocupa un lugar central en la oposición contra el Tecnoabsolutismo”
En el escenario actual, Europa es el último muro normativo y ocupa un lugar central en la oposición contra el Tecnoabsolutismo, porque representa el Estado de derecho, la separación de poderes, la protección de derechos fundamentales y la regulación del mercado. Desde el Reglamento General de Protección de Datos hasta la legislación sobre mercados digitales e inteligencia artificial, Europa intenta establecer una idea fundamental: la tecnología no está por encima de la ley. Pero desde la lógica tecnoabsolutista, esos límites se ven como un obstáculo, porque la política debe arrodillarse y quedar en manos de expertos o de corporaciones tecnológicas, tanto privadas como públicas. En esta tesitura, si Europa renuncia a regular, no solo pierde competitividad económica, también pierde soberanía democrática.
Todo esto puede parecer un debate lejano, teórico si se quiere, pero no lo es porque afecta a nuestra vida cotidiana. Día tras día. Por ejemplo, cuando un comercio de la ciudad depende de un algoritmo para existir digitalmente, o cuando un medio de comunicación necesita la arquitectura de una plataforma global para llegar a los lectores, o cuando la información política circula según criterios ideológicos opacos. Y eso es hacer política, porque la cuestión no es si utilizamos más o menos tecnología, la cuestión es quién define las reglas y quién se beneficia de ellas.
El futuro no está escrito. Pero nos obliga a hacernos una pregunta esencial: ¿queremos ser ciudadanos o usuarios?
La ciudadanía participa, delibera y exige rendición de cuentas. El usuario, en cambio, acepta términos y condiciones. La democracia puede adaptarse y reforzarse con tecnología. O puede ir cediendo espacios sin darse cuenta. Repetimos: el futuro no está escrito por los algoritmos, porque depende de las decisiones políticas que tomemos como sociedad democrática liberal que somos. Porque la democracia no siempre muere por la fuerza; a veces, simplemente, desaparece en silencio.
Arturo Gradolí es doctor en Estudios Históricos y Sociales de la Ciencia y autor de Tecnoabsolutismo Global (La inteligencia artificial y el riesgo de colapso social).




